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Los humanos somos seres sociales
que necesitamos a otras personas y sabernos parte de un grupo. Desde la
adolescencia buscamos identificarnos con etiquetas según la música que nos
gusta, la manera de vestir, los hobbies y también la sexualidad.
En cuanto a la orientación sexual
nos dividimos en tres grupos; heterosexuales, bisexuales y homosexuales. Lo que
no está muy claro es la línea divisoria entre ellos.
Las personas heterosexuales se
sienten atraídas únicamente por miembros del sexo opuesto, pero lo cierto es
que no son muchos los que pueden asegurar nunca haber sentido atracción sexual
por alguien de su género o incluso haber tenido experiencias o relaciones
homosexuales.
Si un individuo solo se fija en
los de su mismo género se dice que es gay. Muchos homosexuales han tenido
relaciones heterosexuales durante un tiempo en su vida, sea por rechazo a su
orientación sexual real o porque en ese momento correspondía con lo que
sentían. También hay personas que se autodenominan homosexuales durante un
periodo en el que tienen una relación con alguien de su mismo sexo y, al
terminar esta, solo se relacionan íntimamente con personas de sexo opuesto y se
consideran heterosexuales.
Los bisexuales si reconocen la
atracción hacia los dos sexos, algunos bisexuales aseguran que esta preferencia
va por etapas y otros que se mantiene, también hay personas que manifiestan
preferir relacionarse con gente de un género para relaciones serias y de otro
para el sexo.
No son pocos los estudios que
tratan de encontrar los factores que hacen a una persona tener una orientación
sexual u otra, sobre todo los que intentan explicar las causas de la homosexualidad.
El hecho de que la mayoría de las
personas no puedan asegurar haberse mantenido fieles a sus preferencias
sexuales durante toda su vida, ya sea a nivel atracción o llegando a
relacionarse íntimamente, hace pensar que realmente estas etiquetas puedan ser
solo sociales y no seamos ninguno heterosexuales ni homosexuales.
¿Dónde comienza la
homosexualidad?
Tenemos claro que una persona que
tiene una relación sentimental e intima con alguien de su mismo sexo es
homosexual, pero nadie podría asegurar que es gay si no se ha llegado al
contacto sexual. ¿Verdad?
Reflexionemos entonces sobre como
llamaríamos a una persona enamorada durante años de otra de su mismo sexo pero
sin que ocurra nunca nada, ¿y si añadimos que además tiene relaciones
sentimentales con gente de sexo contrario siempre? ¿Sería algo así como gay de
corazón?
Mientras un individuo dudará de
su orientación sexual tan solo a partir de un sueño erótico, otro probablemente
tendrá que esperar a tener sentimientos de amor duraderos.
Tratar de transformar los hechos
de nuestra vida en etiquetas que nos definan es una tarea inútil, sobre todo
cuando hablamos de algo tan involuntario como es la intimidad y el deseo
sexual.
La orientación sexual no comienza
ni acaba con ningún evento, podemos sentirnos heterosexuales u homosexuales
desde el nacimiento sin tener que esperar a experimentar atracción por nadie o
podemos descubrir un cambio una o varias veces en nuestra vida a partir de
experiencias varias.
La línea entre fantasía y
realidad
Las fantasías son totalmente
libres, podemos imaginar lo que queramos sin sentirnos culpables ya que no
estamos haciendo nada malo. Al igual que podemos deleitarnos con la idea de
robar un banco y hacernos millonarios y eso no nos convierte en delincuentes,
las fantasías sexuales no determinan características reales como la
homosexualidad, incluso siendo la causa de excitación física.
Lo que nos excita al imaginarlo
no tiene porque corresponder con lo que nos excite una vez en la vida real. Un
buen ejemplo es el de fantasear con sexo en grupo, es una imagen excitante y
referente a una práctica que no es habitual y esto da muchos puntos para que se
repita en la mente, lo cierto es que la mayoría de las personas no se sentirían
tan excitados si ocurriese en realidad y probablemente ni siquiera querrían
estar en esa situación.
Si nos sentimos culpables por
sentir excitación imaginando algo y llegamos a obsesionarnos es seguro que esa imagen volverá a nuestra
cabeza sin que queramos y eso potencia la obsesión y con ello otra vez la
frecuencia de la fantasía.
Lo mejor es disfrutar de las
fantasías sexuales y fomentarlas sin culpabilidad, son privadas y podemos
controlarlas como queramos para utilizarlas en nuestro beneficio.



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